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Haters: cuando el problema no es solo la persona, sino el contexto [II-libro]

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En el post anterior te he hablado de qué es un hater en las redes sociales y hemos visto como, aún siendo difícil definir un perfil concreto y exacto, podemos afirmar que existe un objetivo común para casi todos los ‘haters’ que es: provocar una reacción o respuesta emocional y/o causar un estado de indefensión (pues emocional) en la persona que están atacando.

Existe una tendencia muy humana cuando intentamos comprender un comportamiento que nos resulta desagradable. Buscamos una explicación dentro de la persona.

Pensamos: «debe de tener un problema»; «seguro que es una mala persona»; «algo le pasa». Damos por hecho que debe tratarse de una persona frustrada, amargada, con complejos de inferioridad y con una vida infeliz, incompleta y para nada satisfactoria. Y que por esto busca desprestigiar a los demás.

Sin embargo, la sociología lleva décadas recordándonos una idea fundamental: Las personas no actuamos aisladas del contexto.

Hoy veremos cómo el entorno, el contexto y ‘el efecto manada’ influyen en el comportamiento de los haters y cómo podemos protegernos de este tipo de ataques.

Entorno y conducta y su influencia en la psicología del hater

El entorno modifica nuestra conducta mucho más de lo que solemos imaginar.

No somos exactamente los mismos cuando estamos solos que cuando estamos en grupo.

No reaccionamos igual en una conversación privada que delante de miles de personas.

Y tampoco nos comportamos igual cuando nuestras acciones tienen consecuencias inmediatas que cuando parecen quedar ocultas tras una pantalla.

Por eso, para entender el fenómeno de los haters, no basta con analizar la personalidad. También es necesario observar el escenario donde ese comportamiento ocurre. Y ese escenario tiene unas reglas muy particulares.

La polarización grupal: cuando el odio se contagia

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¿Has observado alguna vez cómo una conversación aparentemente normal termina convirtiéndose en una cadena interminable de insultos?

Al principio puede haber una crítica moderada. Después alguien responde con más dureza, otro añade una burla, un cuarto incorpora una descalificación personal.

Y, casi sin darse cuenta, el grupo entero ha escalado el conflicto.

La psicología social conoce este fenómeno como polarización grupal.

Cuando varias personas que comparten una opinión interactúan entre sí, es frecuente que sus posturas se vuelvan cada vez más extremas.

No porque todas sean especialmente agresivas, sino porque el propio grupo refuerza esa dirección.

Cada comentario recibe aprobación, cada burla obtiene respuestas y cada ataque encuentra apoyo. Y poco a poco se crea una sensación de legitimidad.

Lo que una persona quizá nunca habría dicho por sí sola, acaba pareciéndole aceptable porque observa que los demás hacen lo mismo. Es uno de los mecanismos que explica por qué algunos episodios de acoso digital crecen de forma tan rápida.

Una crítica inicial puede transformarse, en cuestión de horas, en miles de ataques coordinados. No siempre porque existan miles de personas profundamente hostiles, sino porque el comportamiento colectivo reduce la responsabilidad individual.

Uno de los mejores estudio que analizan el llamado efecto cámaras de eco (echo chambers) es, pues, la revisión sistemática sobre polarización en redes sociales (Elsevier) de Luca Iandoli, Simonetta Primario & Giuseppe Zollo del 2021.

Es probablemente uno de los mejores puntos de partida porque revisa más de un centenar de estudios sobre polarización online.

Sintetizando las conclusiones más relevantes, se afirma que:

  • las redes sociales favorecen la formación de cámaras de eco (echo chambers);
  • la interacción entre personas afines hace que las opiniones se vuelvan más extremas;
  • los algoritmos pueden amplificar este proceso;
  • aumenta la hostilidad hacia quienes pertenecen al grupo contrario, debido a la presión del grupo;
  • la búsqueda de aprobación social y de pertenencia al grupo dispara exponencialmente la hostilidad;
  • La des-individuación del anonimato reduce la autocensura.

La economía de la atención: cuando el conflicto se convierte en recompensa

Vivimos en una época en la que la atención se ha convertido en uno de los recursos más valiosos.

Las plataformas digitales compiten constantemente por mantenernos conectados el mayor tiempo posible. Y, para conseguirlo, los algoritmos priorizan aquello que genera interacción.

El problema es que nuestro cerebro responde con mucha más intensidad al conflicto que a la calma.

Un contenido sereno suele pasar desapercibido, mientras uno que provoca indignación consigue comentarios.

Los comentarios generan respuestas -> las respuestas aumentan la visibilidad -> esa visibilidad produce todavía más interacción.

Sin que nadie lo planifique, el sistema termina premiando precisamente aquello que despierta emociones intensas.

No significa que las plataformas quieran fomentar el odio, o eso quiero creer…

Significa que los contenidos emocionalmente activadores suelen obtener mejores resultados dentro de la lógica de la economía de la atención.

¡Y los haters aprenden rápidamente esa dinámica!

Comprueban que un comentario amable apenas recibe respuesta, pero saben perfectamente que una provocación puede desencadenar cientos de reacciones.

Para algunas personas, esa atención ya supone una recompensa suficiente, aunque sea negativa. Porque, en determinados perfiles, cualquier forma de visibilidad resulta preferible a sentirse invisible.

¿Y si el odio fuera un comportamiento aprendido?

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Hasta ahora hemos hablado de emociones, personalidad y contexto social, pero me hago otra pregunta que me parece muy interesante.

¿Dónde aprendemos a relacionarnos con los conflictos?

La respuesta suele comenzar mucho antes de que abramos nuestra primera cuenta en una red social. Esto está clarisimo.

Desde pequeños observamos cómo los adultos expresan el enfado, la frustración o el desacuerdo. Aprendemos mirando e imitando.

Repetimos, casi de forma automática, lo que vemos, escuchamos y observamos.

Por eso algunos enfoques psicológicos ponen el foco en la historia relacional de la persona, no porque todo se explique por la infancia.

Sino porque nuestras primeras relaciones suelen influir en la forma en que interpretamos las siguientes.

La interpretación de la psicología sistémica

La psicología sistémica propone una idea diferente. En lugar de preguntarse únicamente: «¿Qué le ocurre a esta persona?», plantea otra cuestión: «¿Qué función cumple este comportamiento dentro del sistema al que la persona pertenece?».

Básicamente el »para qué», tan funcional y revelador en terapia y en los proceso de crecimiento personal y espiritual.

Desde esta perspectiva, una conducta agresiva puede haberse convertido, con el tiempo, en una forma habitual de relacionarse.

Hay familias donde la crítica constante se interpreta como una manera de proteger. Otras donde mostrar vulnerabilidad se considera un signo de debilidad.

En algunos hogares, el conflicto abierto es la única forma conocida de expresar malestar.

Quien crece en esos contextos no necesariamente reproduce esos patrones de manera consciente. Simplemente aprende que esa es la forma «normal» de interactuar.

La evidencia científica respalda que los estilos de comunicación y regulación emocional pueden transmitirse entre generaciones mediante el aprendizaje, la convivencia y las dinámicas familiares.

Eso no significa que el destino esté escrito, sino que aquello que aprendemos también puede desaprenderse.

El psiquiatra Daniel Siegel, uno de los mayores referentes mundiales en neurobiología interpersonal y desarrollo infantil, en su libro ‘El cerebro del niño’ (consulta la sección ‘Psicología’ de la Biblioteca Virtual del Blog) explica que los niños aprenden principalmente mediante:

  • observación;
  • imitación;
  • regulación emocional compartida;
  • vínculo con los padres.

Esto significa que los menores aprenden a gestionar sus emociones y a relacionarse con los demás principalmente a través de la observación e imitación de sus cuidadores. Estas experiencias moldean el desarrollo cerebral y sientan las bases de sus futuras habilidades de comunicación y regulación emocional.

La Gestalt: cuando lo que más nos molesta habla también de nosotros

La psicología Gestalt ofrece, en mi opinión, una hipótesis especialmente interesante.

Según su enfoque, aquello que despierta una reacción emocional desproporcionada puede estar relacionado con aspectos propios que todavía no hemos integrado.

Imagina a una persona que siente un rechazo intenso hacia cualquiera que destaque profesionalmente.

Cada éxito ajeno le resulta insoportable, cada reconocimiento ajeno le provoca una profunda irritación o, directamente, rabia difícil de contener y casi imposible de gestionar desde el silencio.

La Gestalt no concluiría automáticamente que existe envidia, sino que plantearía una pregunta mucho más profunda:

¿Qué parte de si misma  esta persona ha tenido que esconder para que la seguridad o el éxito de otra persona le provoquen tanta intensidad?

No es sencilla la reflexión, pero piénsalo bien.

No se trata de una explicación universal ni tampoco de una afirmación demostrada experimentalmente para todos los casos.

Pero, es una hipótesis clínica que puede ser útil a nivel terapéutico para explorar conflictos internos.

La transmisión entre generaciones

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Cuando hablamos de patrones familiares suele aparecer otro concepto muy conocido: el análisis transgeneracional del que te he hablado en otros posts y que puede ser realmente reveladora.

Autores como Anne Ancelin Schützenberger, psicóloga, abogada y profesora rusa, propusieron que determinadas experiencias emocionales podían repetirse entre generaciones (visita la Biblioteca Virtual – sección Numerología/Análisis Transgeneracional).

Algunas de sus ideas han inspirado a numerosos terapeutas.

Hoy sabemos que el trauma puede transmitirse entre generaciones a través de diferentes mecanismos. Por ejemplo:

  • estilos de crianza;
  • formas de gestionar las emociones;
  • modelos de relación;
  • aprendizajes familiares;
  • algunos procesos biológicos relacionados con el estrés que continúan investigándose.

Es decir, una persona puede aprender a desconfiar, a reaccionar con agresividad o a interpretar el mundo como un lugar amenazante porque ese fue el modelo relacional que conoció durante años.

También, en otro post, te hablé de cómo comportamientos actuales pueden derivar de lealtades invisibles inconscientes que nos hacen actuar y reaccionar en modo ‘piloto automático‘.

El perfil emocional de un hater que aparece con mayor frecuencia

Después de revisar diferentes perspectivas de análisis, es fácil caer en la tentación de buscar un único perfil, pero la realidad vuelve a ser más compleja.

Como te decía, no existe un molde único, aunque sí aparecen algunos factores comunes, con bastante frecuencia, en quienes mantienen conductas hostiles de forma persistente.

Entre ellos hemos visto que podemos encontrar des-regulación emocional, comparación constante, necesidad de reconocimiento, autoestima inestable, baja tolerancia a la frustración, tendencia a interpretar el éxito ajeno como una amenaza y esa extraña necesidad de buscar atención mediante el conflicto.

Ninguno de estos factores, por separado, convierte a alguien en un hater, pero cuando varios coinciden y, además, encuentran un entorno que recompensa ese comportamiento, el riesgo aumenta considerablemente.

Y quizá esa sea una de las conclusiones más importantes en todo lo que estamos analizando y debatiendo: el odio persistente en redes sociales rara vez nace de una sola causa.

Ese odio es el resultado de una interacción constante entre la historia personal, la personalidad, las emociones, el aprendizaje, el contexto social y el diseño de las propias plataformas.

Comprender esa complejidad no hace que los ataques dejen de herir o doler ni que se deban justificar. Lo que sí, por lo menos evita que caigamos en un error muy frecuente que es pensar que cada insulto define nuestro valor.

La mayoría de las veces, solo refleja la batalla interna de quien decidió escribirlo.

¿Qué experiencias pueden encontrarse detrás de un hater?

Llegados a este punto, quiero puntualizar que no todas las personas que mantienen conductas hostiles han vivido las mismas experiencias.

La psicología humana no funciona con fórmulas matemáticas ni datos exactos.

Dos personas pueden atravesar una infancia muy parecida y desarrollar formas completamente distintas de relacionarse con el mundo.

Por eso te hablo de factores de riesgo, nunca de reglas fijas.

Aun así, la investigación psicológica ha encontrado algunas experiencias que aparecen con mayor frecuencia en personas con dificultades para regular sus emociones o establecer relaciones saludables.

Entre ellas destacan:

  • Haber crecido en entornos donde predominaban la crítica y la descalificación.
  • Recibir afecto únicamente cuando se obtenían buenos resultados.
  • Sentir que nunca se era suficiente, independientemente del esfuerzo realizado.
  • Experimentar rechazo, exclusión o humillación de forma repetida.
  • Haber sufrido o ejercido acoso durante la infancia o la adolescencia.
  • Acumular fracasos sin disponer de herramientas emocionales para elaborarlos.
  • Vivir con una sensación persistente de injusticia.
  • Tener dificultades para construir una identidad propia al margen de la opinión de los demás.
  • Experimentar un fuerte aislamiento social.
  • Un profunda falta de cariño, de atención, de pertenencia.

Nada de esto convierte automáticamente a una persona en un hater. La diferencia no está únicamente en lo que vivimos, también influye cómo lo interpretamos, los recursos emocionales que desarrollamos y el apoyo que encontramos en nuestro entorno.

¿Qué hacer cuando eres víctima de un hater?

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Esta es, probablemente, la pregunta más importante de todas y te voy a indicar algunas opciones que pueden ser de ayuda.

Comprender al agresor no elimina el impacto emocional que sus palabras pueden tener sobre nosotros. Esto está más que claro.

Si alguna vez has recibido un comentario lleno de desprecio, es posible que sepas exactamente de qué hablo.

Lo que es importante que tengas muy bien presente es que el comentario de un hater no es una evaluación objetiva de tu valor ni te define como persona. Solo es la interpretación que otra persona hace desde su propia historia, sus emociones, sus creencias y sus circunstancias.

La diferencia ante una critica que aporta valor está en la intención.

Una crítica constructiva señala una conducta; un ataque intenta destruir a la persona.

Cuando aprendes a distinguir ambas cosas, recuperas una parte muy importante de tu tranquilidad.

Algunas estrategias pueden ayudarte a proteger tu bienestar emocional:

  1. No responder impulsivamente. El impulso inicial suele estar guiado por la emoción, no por la reflexión.
  2. Preguntarte si esa persona busca dialogar o simplemente provocar.
  3. Recordar que no todas las opiniones tienen el mismo valor. La experiencia, el conocimiento y la intención también importan.
  4. Utilizar las herramientas de bloqueo, silencio o denuncia cuando sea necesario. Poner límites no es censurar, es cuidar de tu espacio vital.
  5. No convertir un comentario aislado en una definición de quién eres.
  6. Buscar apoyo en personas de confianza o profesionales calificados cuando un ataque te haya afectado especialmente.

Y, sobre todo, no olvides algo que solemos pasar por alto: cada minuto que dedicas a intentar convencer a alguien que no quiere comprender es un minuto que dejas de invertir en quienes sí desean escucharte.

Todos podemos ser cómplices, sin saberlo

Esto es otra cosa que es importante que tengamos en cuenta.

Quizá el mayor error que cometemos al hablar de los haters sea pensar que el fenómeno empieza y termina en ellos. Y no es así.

Cada vez que compartimos un contenido para ridiculizar a alguien sin comprobar si es cierto, cada vez que participamos en una cadena de burlas porque «todo el mundo lo hace», o cada vez que confundimos firmeza con crueldad y que premiamos el espectáculo por encima del diálogo, estamos alimentando, aunque sea sin intención de herir, el mismo ecosistema que criticamos.

La calidad de una conversación nunca depende únicamente de quien habla más alto. También depende de quienes deciden no amplificar el ruido.

Conclusión: comprender no significa justificar

Después de recorrer todas estas perspectivas, quizá esperabas encontrar una única respuesta a la pregunta inicial.

¿Por qué existen los haters?

La realidad es que no hay una explicación única.

La evidencia científica apunta a un fenómeno complejo en el que intervienen la regulación emocional, la comparación social, determinados rasgos de personalidad, las experiencias de vida, el aprendizaje, las dinámicas grupales y el propio diseño de las plataformas digitales.

Algunos actúan movidos por la frustración, otros por la necesidad de reconocimiento, otros tantos encuentran placer en provocar y otros simplemente reproducen una forma de relacionarse que aprendieron hace años.

Pero hay una cosa que está clara y que toda la investigación disponible confirma: el odio persistente rara vez nace de la serenidad.

Suele surgir allí donde existen emociones difíciles de gestionar, una identidad demasiado dependiente de la aprobación externa o un entorno que recompensa el conflicto por encima del encuentro.

Comprender esto no justifica la agresión, no convierte el daño en aceptable ni obliga a tolerar el abuso, pero nos recuerda que el comportamiento de los demás no define quiénes somos.

Define, sobre todo, el lugar desde el que ellos están actuando.

Quizá, esta sea una de las formas más profundas de proteger nuestra salud mental: no permitir que la herida de otra persona termine convirtiéndose también en la nuestra.

Porque al final, la verdadera fortaleza no consiste en ganar todas las discusiones, consiste en no perder la paz intentando convencer o cambiar a quien no tiene interés, capacidad o voluntad de comprender.

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Autora: Vittoria Verì Doldo ~ Terapeuta y Coach de Salud

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Resumen y preguntas frecuentes

¿Cuál es el perfil psicológico de un hater?

El perfil psicológico de un hater no es único. La psicología relaciona este comportamiento con factores como baja tolerancia a la frustración, necesidad de atención, comparación social, dificultades para regular las emociones y un entorno que refuerza la agresividad en redes sociales.

¿Por qué una persona se convierte en hater?

Una persona puede convertirse en hater por la combinación de experiencias personales, aprendizaje, emociones mal gestionadas, influencia del grupo y búsqueda de reconocimiento. No existe una única causa ni un perfil que explique todos los casos.

¿Qué problemas psicológicos o emocionales puede tener un hater?

No todos los haters tienen un trastorno psicológico. En algunos casos aparecen dificultades para gestionar la frustración, autoestima inestable, necesidad de validación o problemas de regulación emocional, pero no existe un diagnóstico específico para un hater.

¿Los haters tienen baja autoestima?

La baja autoestima puede estar presente en algunos haters, pero no explica todos los casos. La investigación señala que el comportamiento también depende del contexto, la personalidad, el aprendizaje y la dinámica de las redes sociales.

¿Las redes sociales crean más haters?

Las redes sociales no crean haters por sí solas, pero sí pueden favorecer este comportamiento. El anonimato, la polarización y los algoritmos que premian la interacción hacen que algunos ataques reciban más visibilidad y refuerzo.

¿Se nace hater o se aprende?

No se nace hater. La forma de responder al conflicto se aprende mediante la educación, las experiencias personales, el entorno familiar y la influencia social. Estos patrones también pueden modificarse con el tiempo.

¿Cómo identificar a un hater?

Un hater suele buscar provocar una reacción emocional más que aportar una crítica útil. Sus comentarios suelen ser descalificaciones personales, ataques repetitivos o provocaciones cuyo objetivo es generar conflicto y llamar la atención.

¿Cómo gestionar los ataques de un hater?

Para gestionar los ataques de un hater es importante no responder desde la impulsividad, diferenciar una crítica de un ataque personal y recordar que sus comentarios reflejan su propia interpretación, no tu valor como persona. Poner límites, bloquear o denunciar cuando sea necesario y buscar apoyo emocional son estrategias útiles para proteger tu bienestar.

 

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