Me imagino que te habrás preguntado más de una vez: ¿Qué es realmente un hater? Y porqué hay personas que parecen disfrutar haciendo daño en redes sociales.
Es algo que se repite miles de veces cada día.
Alguien comparte un logro que le ha costado años conseguir. Otra persona publica una fotografía de un momento feliz. Un profesional divulga conocimiento…Y entonces aparece un comentario rabioso.
El comentario no aporta nada. Quien lo comparte no busca dialogar en absoluto, no plantea un desacuerdo con argumentos, no invita a reflexionar. Simplemente intenta herir y provocar. Sin más.
Frase como: «Das pena»; «Quién te crees que eres»; «Ridículo»; «Vaya ego tienes», son de las menos inofensivas…
Quizá tú misma/o lo hayas vivido alguna vez. Publicaste algo con ilusión y, entre decenas de mensajes positivos, hubo uno que eclipsó todos los demás.
Sí, esto ocurre. Es como una manchita negra pequeña en una hoja en blanco. El ojo se fija en ella y no en el resto que es netamente prevalente. Esto porque el coste emocional de algo que hiere, duele, molesta es mucho más fuerte.
Así que un solo comentario cargado de desprecio puede pesar mucho más que cien palabras de reconocimiento.
Yo me pregunté millones de veces lo que te voy a comentar a continuación y quizás tu también…
¿Qué lleva a alguien a dedicar parte de su tiempo a intentar hacer daño?
Exacto, ¿Qué lleva a alguien a causar daño a otra persona que, usualmente, ni conoce?
La respuesta no es tan simple como decir que esa persona «es mala». Tampoco sería correcto afirmar que todos los haters tienen traumas o problemas psicológicos profundos. La realidad, como suele ocurrir en el comportamiento humano, es bastante más compleja.
Las investigaciones en el ámbito tanto de la psicología como de la sociología y de las ciencias del comportamiento llevan años intentando comprender este fenómeno.
Gracias a ello sabemos que el odio persistente en internet rara vez nace de una única causa. Suele ser el resultado de una combinación de factores personales, emocionales, sociales y tecnológicos que terminan alimentándose entre sí.
Comprenderlo no significa justificarlo, significa dejar de interpretar cada ataque a nivel personal y/o como una prueba de nuestro propio valor.
Porque casi siempre, el comentario habla mucho más de quien lo escribe que de quien lo recibe.
¿Qué es realmente un hater?

Hoy utilizamos la palabra hater con enorme facilidad. Casi cualquier crítica recibe esa etiqueta.
Sin embargo, en la óptica de la psicología social conviene hacer una distinción importante.
No toda persona que critica es un hater.
La crítica puede ser incómoda y, aun así, resultar tremendamente valiosa. Una crítica constructiva intenta mejorar una idea, corregir un error o abrir una conversación.
Pero, cuando hablamos de haters, hay que tener en cuenta el elemento distintivo: estos perfiles persiguen un objetivo completamente distinto.
No pretenden enriquecer el debate, sino más bien buscan provocar una reacción emocional.
Su intención suele ser alguna de estas:
- desacreditar a la otra persona;
- humillarla públicamente;
- ridiculizarla;
- disminuir su valor;
- generar enfado, tristeza o inseguridad.
Muchas veces el contenido del debate ni siquiera les interesa. Lo importante es conseguir impacto.
Es como lanzar una piedra al agua solo para disfrutar viendo las ondas que provoca.
Por eso tantas conversaciones en internet parecen imposibles. Mientras una persona intenta dialogar, la otra únicamente busca provocar una respuesta emocional o causar un estado de indefención.
Y cuando esa respuesta llega, siente que ha ganado.
El error que casi todos cometemos cuando recibimos un ataque
Cuando alguien nos critica de forma agresiva, nuestro cerebro interpreta esa situación como una amenaza social.
Durante miles de años, pertenecer al grupo era una cuestión de supervivencia. Ser rechazado/a podía significar quedarse solo/a frente al peligro.
Aunque hoy la realidad sea muy diferente, nuestro sistema nervioso sigue reaccionando de forma parecida.
Por eso, un comentario ofensivo puede provocar ansiedad, vergüenza, rabia, necesidad de defendernos, deseo de responder inmediatamente. Pero….esa clase de reacción suele beneficiar precisamente a quien inició el ataque.

Muchos haters no buscan tener razón, buscan tener influencia sobre tu estado emocional.
Y cuando consiguen que pases horas pensando en ellos, revisando una y otra vez el comentario o respondiendo impulsivamente, ya han obtenido aquello que perseguían.
Comprender este mecanismo cambia por completo la forma de interpretar estas situaciones.
La pregunta que casi nunca se hace un hater
Desde fuera parece que el problema es la persona a la que atacan. Sin embargo, desde la psicología la pregunta suele ser otra muy distinta.
Cabría preguntarse qué está ocurriendo dentro de quien siente la necesidad de atacar. El foco no está en la persona atacada, sino más bien en quien está atacando. Esta perspectiva es fundamental.
Porque la conducta agresiva suele decir mucho acerca del estado emocional de quien la ejerce.
No significa que toda agresión tenga una explicación psicológica profunda ni que todas las personas hostiles compartan la misma historia.
Pero sí sabemos que existen ciertos patrones que aparecen con bastante frecuencia en estos perfiles.
La psicología del hater: cuando las emociones gobiernan el comportamiento
A nivel psicológico, mucho tiene que ver con la regulación emocional.
Muchas personas que mantienen conductas hostiles de forma persistente presentan dificultades para gestionar emociones desagradables.
No hablamos únicamente de la rabia, sino también de la frustración, la impotencia, la vergüenza, el sentimiento de fracaso o la sensación de no ser suficiente.
Todas esas emociones forman parte de la experiencia humana de todos nosotros, pero la diferencia está en la forma en que cada uno las manejamos o aprendimos a hacerlo.
Hay personas capaces de reconocerlas, comprenderlas y procesarlas. Otras, en cambio, las expulsan hacia fuera.
Resulta mucho más sencillo escribir: «Eres un inútil», que detenerse un momento y preguntarse: «¿Por qué me afecta tanto el éxito de esta persona?».
La agresión, en estos casos, funciona como una válvula de escape. No resuelve el problema interno, solo proporciona un alivio momentáneo. Y precisamente porque ese alivio dura poco, el comportamiento suele repetirse.
Cuando el efecto espejo incomoda: la proyección psicológica

Existe un mecanismo de defensa – descrito inicialmente por Sigmund Freud y desarrollado posteriormente por Anna Freud – se conoce como proyección.
Consiste, de forma sencilla, en atribuir a otra persona características, deseos o conflictos que nos cuesta reconocer en nosotros mismos.
No ocurre siempre y sería un error utilizar este concepto para explicar cualquier crítica.
Pero sí aparece con cierta frecuencia.
Imagina a alguien que afirma odiar profundamente a las personas narcisistas. Podría tratarse de una observación perfectamente válida.
O también podría estar luchando, sin saberlo, con su propia necesidad de reconocimiento.
Otra persona puede criticar constantemente a quienes muestran sus logros porque siente que nunca recibió el reconocimiento que necesitaba.
No significa que todo juicio sea una proyección, pero sí que, en ocasiones, aquello que más intensidad emocional despierta en nosotros merece ser observado porque puede estar señalando una parte de nuestra propia historia.
La comparación silenciosa que nunca termina
Vivimos en una época en la que compararse resulta casi inevitable.
Cada vez que abrimos una red social vemos personas viajando, emprendiendo, celebrando éxitos, mostrando relaciones felices, cambios físicos o proyectos ilusionantes. Aunque racionalmente sepamos que solo observamos una pequeña parte de su vida, nuestro cerebro sigue comparando.
Esta tendencia fue descrita hace décadas por el psicólogo Leon Festinger en su teoría de la comparación social.
Según este modelo, las personas evaluamos continuamente nuestra propia situación tomando como referencia a los demás.
El problema no es comparar. El problema aparece cuando esa comparación se convierte en una medida permanente de nuestro propio valor. Entonces el éxito ajeno deja de ser una inspiración y empieza a interpretarse como una amenaza.
Y cuando alguien interpreta que otro posee aquello que él cree no poder alcanzar, pueden surgir emociones difíciles de sostener como:
- resentimiento;
- sensación de inferioridad;
- hostilidad;
- envidia;
- sentimiento de injusticia.
En ese contexto, desacreditar al otro puede convertirse en una forma de reducir el malestar, no porque realmente mejore la propia vida, sino porque, durante unos instantes, disminuye la distancia psicológica entre ambos.
Es una estrategia emocional muy pobre, pero también profundamente humana y, por esto, acaba siendo tan frecuente.
Cuando la autoestima no es baja, sino inestable
Existe una creencia muy extendida: pensar que todas las personas que atacan a otras tienen una autoestima muy baja.
Sin embargo, la investigación dibuja un escenario bastante más complejo.
En muchos casos, el problema no es sentirse inferior de manera permanente. El problema es que la propia imagen depende demasiado de las circunstancias.
Hay personas que un día se sienten extraordinarias y, al siguiente, completamente insuficientes. Su bienestar emocional oscila según el reconocimiento que reciben, las comparaciones que hacen o la atención que perciben de los demás.
A esto podríamos llamarlo una autoestima frágil o inestable: desde fuera pueden parecer personas muy seguras, incluso arrogantes, pero esa aparente confianza necesita alimentarse continuamente.
Cada «me gusta», cada felicitación o cada muestra de admiración funciona como una confirmación temporal de su valor.
El problema aparece cuando otra persona recibe esa atención.
Lo que para la mayoría sería simplemente una buena noticia para alguien más, para quien posee una autoestima inestable puede convertirse en una amenaza silenciosa.
Quien tiene autoestima inestable, no piensa ‘quien bien le va a esa persona’. Su diálogo interno puede parecerse más a algo como ‘si todo el mundo admira a esa persona, quizás yo valgo menos que ella.
Y cuando el cerebro interpreta la admiración ajena como una pérdida propia, desacreditar al otro puede convertirse en una forma rápida —aunque poco saludable — de recuperar equilibrio.
En este caso su intento no es crecer a costa del otro, sino intentar que nadie sobresalga demasiado.
La diferencia es sutil, pero al mismo tiempo ¡gigante!
El narcisismo vulnerable: la necesidad de reconocimiento

Cuando escuchamos la palabra narcisismo, solemos imaginar a alguien excesivamente seguro de sí mismo, egocéntrico y convencido de su superioridad.
Sin embargo, a nivel psicológico cabe distinguir las diferentes formas de narcisismo.
Una de las más interesantes para comprender ciertos comportamientos en redes sociales es el llamado narcisismo vulnerable.
No hablo de personas que aparentan invulnerabilidad, al contrario. Sino de personas que son especialmente sensibles a la crítica, que interpretan con facilidad que los demás las menosprecian y necesitan una validación constante para mantener una imagen positiva de sí mismas.
Entre sus características más habituales encontramos:
- una gran sensibilidad al rechazo;
- facilidad para sentirse ofendidas;
- necesidad intensa de reconocimiento;
- dificultades para tolerar la indiferencia;
- tendencia a interpretar intenciones negativas donde, quizá, no las haya.
Desde esta perspectiva, ver que otra persona recibe admiración puede vivirse casi como una pérdida personal, aún cuando no haya ni pizca de perdida…
Esto porque el narcisista vulnerable percibe como que el reconocimiento disponible es limitado, como si el éxito ajeno redujera automáticamente el suyo.
Esta forma de interpretar el mundo genera un enorme desgaste emocional y, en ocasiones, puede traducirse en comentarios cargados de desprecio, ironía o descalificación.
La otra persona no ha hecho nada malo, pero, sin siquiera saberlo ni quererlo, representa aquello que el propio hater siente que necesita desesperadamente.
El Dark Tetrad: la satisfacción por hacer daño
Hasta ahora hemos hablado de personas que atacan movidas por la comparación, la frustración o la necesidad de reconocimiento.
Pero existe otro grupo cuyo funcionamiento psicológico resulta diferente.
En las últimas décadas, investigadores como Delroy Paulhus han estudiado un conjunto de rasgos de personalidad conocido como la Dark Tetrad o «Tétrada Oscura».
No significa que quienes presentan estos rasgos sean necesariamente delincuentes ni que padezcan un trastorno mental. Se trata de tendencias de personalidad que, cuando aparecen con intensidad, pueden favorecer conductas manipuladoras o agresivas.
Hay 4 rasgos concretos que te voy a describir a continuación.
1. Narcisismo: se concreta en una necesidad exagerada de admiración, en deseo constante de sentirse especial y en la búsqueda de atención incluso mediante el conflicto.
2. Maquiavelismo: predisposición a manipular a otras personas para obtener beneficios. Aquí la provocación puede convertirse en una estrategia cuyo objetivo no siempre es el enfado de la víctima. A veces basta con controlar la conversación, sentir que se están moviendo los hilos, sentir que se tiene poder sobre las emociones de otra persona.
3. Psicopatía subclínica: conviene aclarar este concepto. No estoy hablando de la imagen cinematográfica del psicópata, ¡ojo!
En la población general existen personas con niveles relativamente altos de determinados rasgos psicopáticos sin que ello implique un trastorno clínico. Entre ellos destacan impulsividad, baja empatía en ciertos contextos, escasa preocupación por las consecuencias emocionales de sus actos, dificultad para experimentar remordimiento. Estas características en la misma persona pueden facilitar la agresión verbal cuando el entorno la permite.
4. Sadismo cotidiano: quizá sea el rasgo que más llama la atención, sobre todo en el ámbito de la investigación. Hay estudios que han encontrado como determinadas personas experimentan un placer real al observar el sufrimiento ajeno. No te estoy hablando de violencia física. Puede tratarse simplemente de sufrimiento psicológico como ver que alguien se enfada, que reacciona, que llora o que elimina la publicación. Para estas personas, la reacción de la víctima forma parte de la recompensa.
Comprender también estos rasgos ayuda a entender por qué discutir con determinados usuarios rara vez conduce a un diálogo productivo. Porque la conversación nunca fue el objetivo, el objetivo siempre ha sido provocar la reacción.
Pensar que todos los haters son iguales no es realista
Uno de los riesgos de cualquier artículo sobre comportamiento humano consiste en caer en las etiquetas.
La realidad es mucho más diversa, porque no existe un único perfil psicológico del hater. Hay quien escribe un comentario hiriente en un momento de enfado y jamás vuelve a hacerlo.
También existen usuarios que participan en campañas coordinadas de acoso.
Otros simplemente buscan llamar la atención.
Y algunos disfrutan genuinamente provocando malestar.
Reducir todas estas conductas a una sola explicación sería tan poco riguroso como afirmar que todas las personas generosas actúan por las mismas razones.
La realidad y la diversidad invitan precisamente a hacer lo contrario: comprender la complejidad.
Internet cambia nuestra forma de comportarnos
Hay una pregunta que resulta especialmente interesante, para mi y es: ¿Por qué personas que jamás insultarían a un desconocido en una cafetería escriben auténticas barbaridades desde el sofá de su casa?
La respuesta no depende únicamente de la personalidad, también depende del contexto.
Y aquí la sociología y la psicología social aportan algunas de las explicaciones más sólidas.
Internet no crea necesariamente la agresividad, pero puede reducir muchos de los frenos que normalmente limitan ese comportamiento.
La desinhibición online: cuando la pantalla nos hace olvidar que hay una persona al otro lado

El psicólogo John Suler describió hace años un fenómeno conocido como efecto de desinhibición online.
Su planteamiento era sencillo y te lo resumo brevemente aquí: cuando desaparecen ciertos elementos de la comunicación presencial, nuestro comportamiento cambia.
En internet no vemos la expresión de dolor de quien recibe un insulto, no escuchamos el temblor de su voz, no percibimos el silencio incómodo que seguiría a un comentario cruel en una conversación cara a cara.
Y cuando esas señales desaparecen, también disminuye una parte importante de la empatía espontánea. La pantalla crea una distancia psicológica.
La otra persona deja de sentirse completamente real, no porque haya dejado de serlo, sino porque el cerebro recibe mucha menos información emocional. Por eso algunas personas escriben cosas que jamás pronunciarían mirando a alguien a los ojos.
Esto no significa que internet transforme a personas amables en personas crueles, sino que reduce algunos de los mecanismos que normalmente regulan nuestra conducta.
Y cuando esa menor inhibición se combina con frustración, impulsividad o deseo de reconocimiento, el resultado puede crear la tormenta perfecta.
El anonimato no crea el odio… pero sí puede liberarlo
Existe una idea muy repetida: que el anonimato convierte a la gente en agresiva.
Pero, una vez más, ¡maticemos! El anonimato, por sí solo, no fabrica odio. Lo que hace es disminuir el miedo a las consecuencias.
Cuando una persona siente que nadie podrá identificarla, juzgarla o sancionarla, algunos de los límites sociales pierden fuerza.
Es parecido a conducir por una carretera completamente vacía. La carretera no crea la velocidad, pero reduce algunos de los frenos que normalmente nos harían levantar el pie del acelerador.
En internet sucede algo similar.
El anonimato puede facilitar que ciertos impulsos encuentren una vía de salida, especialmente cuando el entorno, además, recompensa esa conducta con atención, respuestas o notoriedad.
Y ahí aparece uno de los elementos más importantes de todo este fenómeno, porque no basta con comprender a la persona, también hay que comprender el escenario en el que actúa.
Porque, como veremos en la segunda parte de este post, las redes sociales no solo alojan el conflicto.
En muchos casos, también lo amplifican, lo premian y contribuyen a que se propague con una velocidad que nunca antes había sido posible.
Y aquí lo dejamos por hoy. En la parte II te explicaré cómo los algoritmos, la polarización grupal y la economía de la atención alimentan el comportamiento de los haters. Además te hablaré de otras perspectivas sistémicas y psicológicas del perfil del hater, muy interesantes.
Así que ¡no te pierdas la próxima entrega!
~
Si te ha gustado este artículo, quizás te interese leer también:
Emociones atrapadas: una posible causa de ansiedad, bloqueo y malestar emocional
Miedo a mostrarnos vulnerables emocionalmente: 5 soluciones
~
